En este mundo todo tiene que ver con objetos, absolutamente todo. Si a alguien le va bien económicamente lo leemos en sus objetos, si alguien es un ñoño o una cuica lo notaremos con las cosas que anda trayendo encima y nuestra predisposición hacia ellos cambiará.
Y es que los objetos son rastros de las personas, rastros de la vida que lleva y con que se relaciona; y esto es muchas veces manipulado.
¿Cómo notamos que alguien sabe mucho? Porque lee un libro en la micro o porque tiene en su oficina una gran biblioteca con libros amarillentos y desgastados, aunque pudo haberlos heredado sin leer ninguno de ellos; se toma a aquella persona como un hombre hambriento de cultura y conocimiento…más aún si usa anteojos. Es verdad que gracias a los objetos reconocemos ciertos patrones en las personas, pero estamos tan acostumbrados a leer los objetos como signos que ya no notamos que lo hacemos y por esto que podemos estar equivocados en su significado. Así puede surgir en algún grado la discriminación, porque tal persona usa ese tipo de chaqueta debe ser desconfiable o porque ella usa ese cintillo debe ser una cartucha, etc.
Últimamente con esta cosilla de la globalización y todo ese cuento, las mezclas son inevitables. Es muy recurrente ver ambientaciones con mezclas de objetos japoneses, africanos y chilenos en un mismo lugar. Ornamentos de casa de gente rica u oficina de grandes gerentes con cuadros franceses y chinos en el mismo muro. Obviamente no sucede sólo en la clase alta, para eso tenemos a Paris o Falabella que nos trae objetos copiados directamente de Tailandia o Singapur. Antes esto de las mezclas era mal visto pero cada vez nos vamos acostumbrando a nuestro mundo que va cambiando rápidamente.
Por eso es necesario aceptar a los objetos tal como son, sólo objetos, que pueden estar enviando un mensaje correcto o quizás no, que pueden estar presentes sólo por ser lindos o recordar algo, ya que no todos los objetos comenzaron como signos sino como herramientas para el hombre.

